La cita de la ola inquieta (4)

Tomé de Por quién doblan las campanas de Hemingway que defender la dignidad de los demás nunca es una causa perdida, tenga éxito o no. Y me emociona la exhortación en el poema que inspiró la novela, a ser «parte de lo principal», a estar «involucrado en la humanidad». Es lo que somos. El derecho a la vida y la libertad, a regirse por el consentimiento y regirse por las leyes, a tener igual justicia y protección de la propiedad, estos valores son el núcleo de nuestra identidad nacional. Y es la fidelidad a ellos, no el origen étnico o la religión, la cultura o la clase, lo que hace que uno sea estadounidense. Aceptar la abolición o la reducción de esos derechos en otras sociedades no debería ser menos falso para los estadounidenses que su reducción en nuestra propia sociedad. Los derechos humanos no son invención nuestra. No representan estándares de los que puedan eximirse culturas o religiones particulares. Son universales. Existen por encima del estado y más allá de la historia. Un gobierno no puede rescindirlos más de lo que otro gobierno puede concederlos. Ese es nuestro credo. Los autores lo pusieron bien al principio del manifiesto que redactaron para declarar nuestra independencia. “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres son creados iguales, que están dotados por su Creador de ciertos Derechos inalienables.

Publish Date
abril 17, 2018
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